el mesón aquel que habían descubierto una semana atrás, estaba cerrado. es viernes santo, dijo uno. ¿qué mierda importa eso?, respondió el otro.
caminaron. recorrieron los pasillos en donde habían descubierto las maravillas de la cocina peruana. buscaron un lugar que reemplazara su primera opción.
como ya es costumbre, unos chifles. como es costumbre, unas pastas bien picantes.
la señora que vende esas bombas atómicas de aliño en bolsas plásticas, les indicó un par de pasajes más allá: "ahí hay unos barcitos".
llegaron rápidamente. a diferencia de otros días, todo se concentraba en los pescados y mariscos y no había manera de enfrentar una masa densa e impenetrable como los fines de semana de siempre.
el quinto patio, se llamaba el sitio. entraron. el protocolo decidido fue algo errático. faltó mirar, eso siempre es bueno. así al responder a la pregunta "¿qué beberán?", se es más preciso, y por lo tanto menos "ajeno", menos forastero.
una cerveza de litro. a sus espaldas el altar de un equipo de fútbol que detestan. lo advierten y siguen dando la espalda.
más al fondo, algunos sujetos coloridamente oscuros. al parecer no se detienen de la noche anterior. miran con desconfianza. evitan mirarlos más de un segundo.
"¿qué equipo les gusta?", preguntó un hombre delgado que estaba al costado derecho de la barra. no respondieron de inmediato. ambos habían decidido beber en ese mismo instante. con la pausa ofrecida, el hombre desplegó una sonrisa y reveló la marca precisa. asintieron. amigos.
una cerveza regalada por aquel desconocido fue a engrosar la dosis de lo que esa mañana habían decidido consumir. y al mismo tiempo, abrió una conversación acerca de máquinas de azar. "es mejor el casino que estas máquinas que han puesto ahora en los bares y almacenes de barrio", dijo el delgado. ellos no respondieron. nunca habían pisado un casino.
el tipo se alejó y fue hacia la máquina. "díganmen un país!", les dijo. ambos se miraron y dijeron argentina. un viejo que miraba desde una mesa, "alemania, ponga alemania". "dinamarca", decidió uno de los amigos. el tipo marcó dinamarca. esperó y perdió. miro hacia la barra y les regaló el objeto de su derrota. sacó otra moneda. ellos evitaron mirar la apuesta, para esta vez no participar. el viejo insiste con alemania y le vuelve a gritar. el delgado, toma algo de su piscola y aprieta la opción germánica. dinamarca gana.
vuelve a la barra serio. da un nuevo sorbo y sonríe, diciendo "así es la suerte" y acomoda su bolsa de compras.
"¿vino a hacer las compras de la semana?", preguntó uno al flaco de las piscolas. "sí...en realidad, mi mujer me ordenó que viniera a la vega...y aquí estoy". "aprovechamos de tomar una cosita", le comentó el otro. "claro. había que combatir un poco el calor". ya llevaba cuatro intentos similares. un poco de pisco, una cocacola y nada de hielo.
la tv del quinto patio comenzó a subir el volumen. los hombres oscuros del fondo ya se habían marchado. vendedores ambulantes ofrecían la mercadería pirata del día. fútbol en el noticiero. se habla de fútbol. aquí es mejor callar piensan. sólo asienten con un breve gesto ante los comentarios del dueño. el flaco los mira cómplices. nadie va a decir lo que realmente piensa.
de pronto, una nueva noticia. "masivo decomisod de químicos para procesar cocaína en el norte del país". un par de bromas salen de los cerebros de nuestros amigos. el hombre de las máquinas de azar y las piscolas tibias se enciende. responde con conocimiento de la famosa dama blanca. da un sorbo infernal que baja 3/4 de su copa. rápidamente va al otro extremo de la barra. habla con un par de tipos. ambos lo miran de reojo. "y vaya a preguntar esas weás afuera...cómo se le ocurre venir acá a hablar de eso!". "sólo le pregunté por hielo, nada más". el delgado ser, venía algo descompuesto por el rechazo. no habló más. algo podía verse en su rostro. seriedad. prisa. desconsuelo. rió por última vez. en los vasos de ambos sólo quedaba el último sorbo de la cerveza obsequiada por aquel desconocido. pensaron que tal vez regalaría otra, lo que más que entusiasmarlos los asustaba. los tipos del bar comenzaban a mirar a su casual compañero con algo de desprecio.
vació el resto de piscola y tomó su enorme bolsa para retirarse. "mi mujer me debe estar esperando...me voy...fue un gusto, adiós".
el bar se fue vaciando. posiblemente la mayoría volvía a sus casas al almuerzo de viernes santo. ellos volverían con sus escuálidas compras y con algunas cervezas que no estaban en los planes iniciales.
cruzaron el río en silencio. ambos pensaban en aquel sujeto. por separado, construían hipótesis acerca del destino de aquel hombre y sus compras; de aquel hombre y su mujer; de su mujer y el almuerzo que compartirían; de su almuerzo y su hambre; de su hambre y el verdadero deseo que lo llevó a marcharse así de rápido.
cuando la ciudad parece detenerse, existen algunos que continúan acelerando.